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miércoles, 2 de noviembre de 2016

LA MUERTE EN EL ANÁHUAC

La percepción filosófica de la muerte y la vida es un punto muy rico, que nos proporciona mucha luz para aproximarse al pensamiento de los Viejos Abuelos.

La vida y la muerte eran un par de opuestos complementarios. Si no existe la muerte, no puede existir la vida y viceversa. Para tener conciencia de la vida se requiere tener conciencia de la muerte. Pocos pueblos como el egipcio y el mexicano han incorporado a la muerte como la parte más viva de su cultura.


Los Viejos Abuelos tenían un día muerte, al Señor y la Señora de la Muerte y el lugar de los muertos.

“Tu corazón por entero se acerca a las artes y creaciones de los toltecas: La Toltecáyotl. Yo tampoco viviré aquí para siempre. ¿Quién de mí se adueñará? ¿A dónde tendré que marcharme? Soy un cantor: Allí estaré de pie, allá voy a recogerlos, Mis flores, mis cantos, llevo a cuestas, Los pongo ante el rostro de la gente”. (Ms. Cantares Mexicanos)

Es importante apuntar que en general, para la iconografía del Anáhuac, cualquier representación de una osamenta significa filosóficamente la vida eterna o espiritual. En efecto, la osamenta representa la parte “imperecedera” del cuerpo humano. El cráneo es la última parte en desintegrarse de una osamenta y es tomada como un símbolo para referirse a la presencia eterna del espíritu. De modo que los Viejos Abuelos cuando usaban un cráneo, se referían filosóficamente a la vida eterna espiritual.

“Cuando morimos, no en verdad morimos, porque vivimos, resucitamos, seguimos viviendo, despertamos. Esto nos hace felices” (Ms. Cantares mexicanos)

Para los antiguos mexicanos la vida en la tierra era de carácter temporal. La vida eterna se encontraba después de la muerte. Ya sea en el Chichihuacuahco para los niños, lugar a donde iban los infantes que morían a edad temprana. Un paraíso donde existía un inmenso árbol del que brotaban gotitas de leche de sus ramas. Esos niños esperarían en ese paraíso la creación del Sexto Sol para volver a nacer. El Tlalocán era el lugar reservado para las personas que morían por causas relacionadas con el agua. Un concepto muy cercano a la idea judeocristiana del paraíso.

El lugar para los guerreros y las guerreras de La Batalla Florida. El Ilhuicatonantiuh era el cielo donde los guerreros acompañaban al Sol en su cotidiano camino, desde el amanecer hasta el cenit, y las guerreras desde el cenit hasta el atardecer. El lugar luminoso por excelencia. Y el Mictlán, el lugar para aquellas personas que morían de muerte común. En el Mictlán sufrirían para llegar ante el Señor de la Muerte y desaparecer.

“¿A dónde iremos que muerte no haya? Por eso llora mi corazón. ¡Tened esfuerzo: nadie va a vivir aquí! Aun los príncipes son llevados a la muerte: Así desolado está mi corazón. ¡Tened esfuerzo: nadie va a vivir aquí!” (Ms. Cantares Mexicanos.)

Todos los seres humanos cuando llegan a un estadio de desarrollo, desde el origen de los tiempos hasta nuestros días, se enfrentan a la pregunta obligatoria. ¿Existe vida después de la muerte? ¿Vivo para morir y renacer a la vida eterna? ¿Cuál es la razón de la vida?, porque ahí estará la razón de la muerte.

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